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El hombre que te pasa su música por la cara...

Kansas City era la ciudad elegida para las jam sessions, sesiones de improvisación que tenían mucho que ver con los ritos tribales de iniciación. Eran constantes pruebas de hombría por las que pasaban los músicos de jazz y la maestría técnica en un instrumento era sólo el comienzo.

El músico que quería formar parte de este rito debía tener un buen conocimiento de las melodías standard, de los blues y de otras músicas de la época.
Era necesario conocer de memoria el carácter melódico y armónico de los temas. Lo que más se valoraba eran las ideas frescas; cuando un músico comenzaba a repetirse, restaba audiencia, no podía perder el tiempo tocando clichés o figuras de riff, se veía obligado a improvisar en un sistema de acordes durante dos o tres coros y quizás seguir durante diez.

Lo que contaba era la capacidad para hacer variaciones o crear nuevas melodías y controlar los modelos rítmicos complicados que generaban ese misterioso ingrediente del jazz conocido como swing.

El primer intento de Charlie Parker de tomar parte en una jam session fue en un club llamado Hi-Hat. Cuando le llegó el turno, comenzó tocando con mucha cautela hasta llegar al solo, sin embargo algún tipo de intransigencia demoniaca lo empujó a forzar su suerte e intentar una innovación; tocó un coro completo y en el siguiente trató de doblar el tiempo, la sección rítmica lo siguió inmediatamente, sin embargo los efectos rítmicos y armónicos que Charlie había imaginado no llegaron a ensamblarse y todo se complicó. Charlie se detuvo titubeando, se hizo un silencio de muerte, Charlie saltó del escenario, sus ojos estaban llenos de lágrimas, guardó su saxo y se fue.

Lloró y no volvió a tocar durante tres meses.

Junto con otras concepciones erróneas, Charlie se había hecho a la idea de que toda la música se tocaba, de alguna manera, en una única y simple tonalidad. “No se me había ocurrido nunca la posibilidad de probar tonalidades diferentes o algo parecido” le dijo Parker a Lawrence Keyes, el pianista de esa oscura jam session de la que había salido llorando. Keyes le explicó cómo eran las cosas de la vida en la música. No había una tonalidad universal, había una docena de tonalidades mayores, una por cada nota del teclado del piano. Todo el pensamiento musical de Charlie se había basado sobre una presunción ingenua y equivocada.

Semejante revelación podía haber sido suficiente como para dejar de lado una carrera musical o la búsqueda de instrucción apropiada. Pero Charlie no deseaba recibir la ayuda de nadie. Sabía que tenía que descubrirlo por sí mismo y comenzó por aprender cada uno de esos doce peldaños.

Comenzaría por el tono y la escala que conocía, la escala de Do. Luego adelantaría medio tono y aprendería la escala de re bemol (esa era una de las que nunca se utilizaba en el jazz, pero Charlie no lo sabía). Una vez que aprendía una escala no la olvidaba nunca más, la guardaba dentro como un tesoro. Esa es la gran ventaja del método autodidacta, cuando uno descubre las cosas, tras hacer un gran esfuerzo, no las olvida jamás.

Su memoria de computadora lo guardaba todo, tanto las escalas útiles, como las “inútiles” y si habían doce tonos mayores y escalas, entonces debía aprender los doce, si no hubiera sido tan tozudo, si hubiera preguntado, le hubieran dicho que el jazz se tocaba en pocas tonalidades (en ese entonces) por ejemplo la orquesta de Count Basie lo había tocado casi todo en Si menor, es decir que se usaban las tonalidades más fáciles para los instrumentos de viento. Charlie, con 17 años aprendió la lección que pudo terminar con una frustración y a los 20 años, en 1940, ya tenía un recorrido por los clubs de jazz más importantes.

(Bird, La biografía de Charlie Parker, Ross Russell)

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