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Vida y Destino, de Vasilli Grosman.



                                           

Hacía calor en el refugio de la compañía. Algunos soldados estaban sentados, otros tumbados con las piernas estiradas hacia el techo bajo; otros dormían tapándose la cabeza con abrigos y dejando al descubierto las plantas amarillentas de los pies.

—¿Os acordáis? —preguntó un soldado demacrado, al tiempo que se estiraba la camisa sobre el pecho y examinaba las costuras con esa mirada atenta y hostil que tienen todos los soldados del mundo cuando examinan las costuras de sus camisas y su ropa interior—, ¿Os acordáis del sótano donde estábamos acuartelados en septiembre?
Otro, que yacía boca arriba, dijo:
—Yo ya os encontré aquí. —
—Era un sótano espléndido —confirmaron varias voces—. Puedes creernos... Había camas,
como en las mejores casas...


—Algunos tipos habían comenzado a desesperarse cuando estábamos cerca de Moscú. Y de
repente nos encontramos en el Volga.
Un soldado partió una tabla con la bayoneta y abrió la puerta de la estufa para alimentar el fuego con unos trozos de madera. La llama iluminó su gran cara sin afeitar, que de gris piedra se volvió cobre rojizo.

—Podemos estar contentos —dijo—. Salimos de un agujero en Moscú para ir a parar a otro
todavía más maloliente. I De un oscuro rincón donde se hacinaban los macutos salió una voz
vivaracha:
—Ahora está claro. ¡El mejor plato de Navidad es la carne de caballo!
La conversación giró en torno a la comida y todos se animaron. Discutieron largo y tendido
sobre la mejor manera de eliminar el olor de sudor de la carne de caballo hervida. Unos sostenían que había que quitar la espuma negra del caldo. Otros recomendaban no llevar el caldo a rápida ebullición; otros sugerían que había que cortar la carne de los cuartos traseros y no poner los trozos de carne helada en agua fría sino directamente en agua hirviendo.

—Los que viven bien son los exploradores —comentó un joven soldado—: se hacen con las
provisiones de los rusos y con ellas abastecen a sus mujeres en los sótanos. Y luego algún idiota todavía se sorprende de que los exploradores encuentren siempre las mujeres más jóvenes y bellas.
—Mira, eso es algo en lo que no pienso —dijo el que alimentaba la estufa—, no sé si se trata del estado de ánimo o de la comida. Pero lo que me gustaría es ver a mis hijos antes de morir. ¡Aunque sólo fuera una hora...!
—¡Los que sí piensan en eso son los oficiales! En un sótano habitado por civiles encontré al
comandante de la compañía. Allí está como en su casa, casi como uno más de la familia.

—Y tú, ¿qué hacías en el sótano?
—Llevaba mi ropa a lavar.
—Durante un tiempo fui vigilante en un campo. Vi a prisioneros de guerra recogiendo mondas
de patatas, peleándose por hojas de col podridas. Pensaba: «En realidad, no son seres humanos, son animales». Al parecer nosotros también nos hemos convertido en animales.

De improviso la puerta se abrió de par en par, y junto a un torbellino de vapor frío irrumpió una voz profunda y sonora:
—¡En pie! ¡Firmes!
Estas palabras de mando resonaban, como siempre, tranquilas y lentas; palabras que, de alguna manera, se referían a la amargura, los sufrimientos, la nostalgia, a los pensamientos funestos...

¡Firmes!

De la penumbra emergió el rostro de Bach, mientras se oía un crujido insólito de botas, y los
habitantes del refugio distinguieron el capote azul claro del comandante de la división, sus ojos miopes entornados, su mano blanca, senil, con una alianza de oro, que estaba secando con una gamuza el monóculo.


Una voz, acostumbrada a llegar sin esfuerzo hasta la plaza de armas, hasta los comandantes de los regimientos e incluso hasta los soldados que estaban en las últimas filias, pronunció:
—Buenos días. ¡Descansen!
Los soldados respondieron desordenadamente.
El general se sentó sobre una caja, y la luz amarilla de la estufa hizo destellar la cruz de hierro
negro sobre su pecho.

—Les deseo una feliz Nochebuena —dijo.


Los soldados que le acompañaban arrastraron hacia la estufa una caja y, tras levantar la tapa a golpes de bayoneta, comenzaron a sacar árboles navideños del tamaño de la palma de una mano envueltos en celofán. Cada pequeño abeto estaba adornado con hilos dorados, cuentas de vidrio y caramelos.
El general observaba cómo los soldados abrían el envoltorio de celofán, hizo una seña al teniente para que se acercara y le susurró algunas palabras incomprensibles; luego Bach anunció en voz alta:

—El general me ha ordenado que les comunique que este regalo navideño enviado desde
Alemania ha sido traído por un piloto que resultó mortalmente herido mientras sobrevolaba
Stalingrado. Cuando le sacaron de la cabina después del aterrizaje ya estaba muerto.-

Los hombres sostenían en la palma de la mano los pequeños abetos, que en aquel ambiente
sofocante se habían cubierto de un ligero vapor, y enseguida el subterráneo se impregnó de una fragancia a pino que solapaba el pesado olor de morgue y herrería, típico de la primera línea. Daba la impresión de que el aroma a Navidad procediera de la cabeza canosa del viejo que estaba sentado al lado de la estufa.

El corazón sensible de Bach percibió toda la tristeza y el encanto de aquel instante. Los soldados que desafiaban a la artillería pesada rusa, endurecidos, sanguinarios, extenuados por el hambre y los piojos, abrumados por la escasez de municiones, comprendieron sin decir nada que no eran vendas, pan o cartuchos lo que necesitaban, sino aquellas ramas de abeto envueltas con inútiles cintas brillantes, aquellos juguetes para huérfanos.

Los soldados hicieron un círculo alrededor del viejo sentado sobre la caja. Era él quien en verano había guiado a la división de infantería motorizada hasta el Volga. Durante toda su vida, bajo cualquier circunstancia, había sido actor. No sólo representaba un papel delante de las tropas y en las conversaciones con el comandante del ejército. Era actor también en casa, con su mujer, cuando paseaba por el jardín, con la nuera y el nieto. Era un actor cuando por la noche, solo, yacía en la cama y allí al lado, en el sillón, descansaban sus pantalones de general. Y, por supuesto, era actor delante de los soldados, cuando les preguntaba sobre sus madres, cuando fruncía el ceño, cuando bromeaba de manera grosera sobre los pasatiempos amorosos de los soldados, cuando se interesaba por el contenido de sus escudillas y degustaba la sopa con exagerada gravedad, y cuando inclinaba la cabeza con expresión austera ante las tumbas abiertas de los soldados o pronunciaba palabras excesivamente amables y paternales ante una hilera de reclutas.


Esa teatralidad no procedía del exterior, sino de dentro; estaba disuelta en sus pensamientos, en lo más recóndito de su ser. Él no era consciente, pero era impensable separar de él aquella ficción, como no se puede separar la sal del agua marina.

Esa comedia acababa de penetrar con él en el refugio de la compañía, en el modo que tenia de desabrocharse el abrigo, de sentarse en la caja ante la estufa, en aquella mirada triste a la par que tranquila que había lanzado a los soldados para felicitarles.
El viejo nunca se había dado cuenta de que interpretaba un personaje, pero de repente lo comprendió: la teatralidad le abandonó, huyó de su ser, como la sal del agua helada. Le invadió la ternura, la piedad hacia aquellos hombres hambrientos y torturados.

Un hombre anciano, impotente y débil, estaba sentado entre impotentes e infelices.
Uno de los soldados entonó en voz queda una canción:

O Tannenbaum, o Tannenbaum,
wie grün sind deine Blätter..


Dos o tres voces se unieron a él. El olor a resina daba vértigo; las palabras de la canción infantil resonaban como las trompetas divinas:

O Tannenbaum, o Tannenbaum...


Y como desde el fondo del mar, de las frías tinieblas emergieron a la superficie sentimientos
olvidados, abandonados; se liberaron pensamientos largo tiempo aparcados... Éstos no aportaban ni felicidad ni ligereza, pero su fuerza era la fuerza humana, la fuerza más grande del mundo.
Una después de otra retumbaron las explosiones sordas de los cañones soviéticos de grueso
calibre. Los ivanes estaban descontentos, tal vez habían intuido que los fritzes estaban celebrando la Navidad. Nadie prestaba atención a los cascotes que caían del techo ni a la estufa que expulsaba una nube de chispas rojas.
El redoble de los tambores de hierro martilleaba la tierra y la tierra gritaba. Los ivanes estaban jugando con sus queridos lanzacohetes. Y enseguida comenzaron a rechinar las ametralladoras pesadas.

El viejo estaba sentado con la cabeza inclinada: tenía la postura que suelen adoptar las personas fatigadas por una larga vida. Se apagaban las luces de la escena y los hombres sin maquillaje aparecían bajo la luz gris del día. Ahora todos parecían iguales: el legendario general, el jefe de las operaciones relámpago con blindados, el insignificante suboficial y el soldado Schmidt, sospechoso de concebir ideas subversivas contra el Estado... Bach pensó de repente en Lenard. Un hombre como él no sucumbiría a la belleza de ese momento; en él no podría darse la transformación de alemán consagrado únicamente al Estado a simple ser humano.

Volvió la cabeza hacía la puerta y vio a Lenard....