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Éramos tan verano


                                      


El culto al amor de un penique.
Tu voz, en la despedida al teléfono desde Jerusalén.
Cabalgando de grito en grito, de noche en noche.
Entonces, la mujer del pueblo se aferra a su dicha.
Eterna, joven, suave. Tardía.
Como la lluvia en el puente...

Cabellos de terciopelo anudados con hilos de oro.
Dilatada su mirada por el encuentro.
Una fábula con moraleja impropia, me aconsejan.
En la definitiva contemplación de naturaleza y desierto.
El Be-Bop vuela con vértigo, sin apuro.
Y la desesperación, es la que manda en los viernes de ceniza.

Mano enguantada mirando esa alfombra roja.
En voz baja, la ternura de un pastel de chocolate.
Al amanecer de la semifusa me despierto solo.
Es tu vanidad la que brilla desde el patio.
Y amo eso.
Hay un grito que no deja de sorprenderme.
Es el alarido del jazz oportuno en las mañanas.
Un reptil, se ha transformado inevitablemente en Dios.

Éramos tan verano

Además te llevo bajo mi piel, en  todos los crepúsculos que puedo.
Con la sonrisa en los labios, y el adiós entre los dedos
El perfume de tu dinastía me aturde.
Apagándose ,hasta hacerse inaudible...infinito.

Cuando un padre debe entonces, despedirse de sus hijos,
No queda estatua viva pidiendo clemencia.
Solo recoge sus ilusiones y sigue.
Eternizado en cuatro fotos a color.


Te pido un ejemplo de incoherencia universal.
Talento en dosis precisas para escapar del torbellino.
Hiciste una huella en el fango visible de lo desordenado.
Gritaste por el filo del cuchillo.
Recorriendo el brazo de tu amante tan longevo.




El tatuaje, es el hijo ilegítimo del cordero.
Asoman las letras del epitafio.
Los cocodrilos incubándose en el relato original.
Una vida física expresada en hojas.
Como al calor del candil, recortado en la tormenta.

Éramos tan verano

Y que tenemos del capricho mientras la parábola sigue su curso?
Sé que volverán hechos Reyes.
Cansados, heridos, pero desafiantes.
Ningún Tao mal interpretado
Hará mella alguna en la física del mundo.
Notable esperanza que llama a los gritos
Y pasajeros que suben al tren de la gloria.

Adoptado por una banda de ladrones
Que apenas me enseñaron como caer felizmente enamorado.
Tanta gente caminando sin historias que contar.
Y esa sonrisa en la quiero vivir eternamente.
Alcanzándome con comer, soporto mi Babel, y prefiero no morir.
Disfruto de la herencia cultural del desapego.
En la fría, y maravillosa, brisa de la soledad.

Asomado a la ventana de este castillo militante.
Me pierdo en la llanura de tus pies.
Doy dos pasos, mejor tres.
Y cierro tu blusa por miedo al castigo.

Éramos tan verano

Y sin embargo, me quedo quieto.
Ya que un Nuevo Mundo nos espera al final del pasillo.
Los libros de cartón, las figuras desanimadas.
El proceso sinuoso del orgasmo.
Las cuatro fotos a color que imploran por salir.
Volando al tejado llenas de coraje.
Ese mismo coraje, sereno testigo de los finales de los siglos.
No tiene idea de la clase de madera en la que estamos hechos.
  
Hambriento, confundí las fechas de tu arribo.
Con el diluvio detrás de nuestros mejores propósitos.



Y no rechacemos, entonces, ese verano.
Te lo pido por mis temores infundados
Te lo pido por las fotos en color.
Por esas sábanas que no alteran el rojo sangre de la última cena.
Por el hálito.
Por las manos amarillas.
Por la madera del marco del espejo de la muerte,
Por las huellas que dejaremos en la arena.
Por nuestros retoños.



 Marcelo Camisay,23 de Noviembre ,2010.